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EL BUEN PENSAR

El mejor de los propósitos lo guardamos en nuestro interior.

EL BUEN PENSAR

La mayoría de nosotros hemos oído hablar desde hace mucho del pensamiento positivo, está de moda, creo que ya lo estuvo más. Lo cierto es que a todos nos complace imaginarnos rodeados de personas felices, ser dichosos nosotros mismos, libres de limitaciones, y conseguir nuestros propósitos en los quehaceres cotidianos, incluso más. También somos muchos los que hemos oído o leído sobre el poder de la ley de la atracción y de cómo nos llega aquello que pensamos, somos mente, o del poder de la palabra; por tanto lo decretamos y en algún momento se materializará en nuestro camino.


¿Os suena de algo la expresión, “de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno”? Es cierto que las buenas intenciones son prósperas algunas veces, otras se quedan en el camino por tropezar con realidades que no las aceptan, o no hallan su lugar. Pero ¿por qué hay cosas que no conseguimos a pesar del ahínco que le ponemos? ¿Es que a unos les funciona y a otros, por el contrario, no? De lo que nos podemos dar cuenta al reflexionar, es que la forma de comportarnos está vinculada a nuestra forma de pensar y a nuestra forma de sentir. Psicólogos y psiquiatras nos dicen que el comportamiento aprendido en la infancia es muy importante, ya que tal y como aprendimos a ser, somos.


“El acto del nacimiento es la primera experiencia de ansiedad y por tanto la fuente y prototipo del afecto  de la ansiedad".                    

Sigmund Freud

Eric Berne nos mostró que desde el mismo momento de existir empezamos a crear el Guión de Vida, ya de bebés tomamos determinaciones que serán las bases de las decisiones en la vida adulta. Cada vez que descubrimos una nueva circunstancia, experimentamos como solventar la novedad, buscando una nueva fórmula para conseguir lo que nos proporciona bienestar, lo adquirimos como propio, y decidimos que el mundo es así. De alguna manera para nosotros es así, compensamos nuestras carencias emocionales igual que las físicas; al igual que si nos hacemos daño en un pie utilizamos otros músculos para poder caminar, lo que no hace el músculo más débil/dañado lo hace el más fuerte y este último en su sobreesfuerzo genera otro síntoma como contracturas, dolores, mala postura de la columna vertebral, etc. Al crecer, el mundo, los límites, los horizontes también crecen, pero seguimos comportándonos y siendo fieles a esas decisiones que tomamos desde el pensamiento mágico del niño. No nos damos cuenta de nuestra cojera o músculo débil, entendemos que caminamos, esa función la tenemos y sólo nos quejamos de los síntomas más visibles. Pero a veces nos topamos con la oportunidad de caminar sin esfuerzo, de ejercitar los músculos que por una herida o trauma estaban en reposo, pero no inútiles.


Estas decisiones que marcan nuestra vida las hemos olvidado, pero eso no significa que ellas nos olviden a nosotros. En el ADN guardamos la memoria genética y en el citoesqueleto de nuestras células guardamos la memoria adquirida en nuestro bagaje. Cada vez que se muere una célula hay otra nueva que guarda igualmente toda esta memoria. Por nosotros mismos o con ayuda de alguna disciplina podemos tomar nuevas decisiones que nos ayuden a cambiar las antiguas, lo que no resulta productivo es tomar decisiones que vayan en contra de las primeras, sino que reconociendo esos primeros patrones podamos aceptarlos y desde ahí transformarlos. Luchar con nosotros mismos solo nos lleva al agotamiento.


También son muy famosas las frases de Louise Hay para cada enfermedad, ella decía:


Cuando hay un problema, no hay algo que hacer, hay algo que saber.


Desde luego repetirse varias veces al día afirmaciones positivas vinculadas a nuestras carencias tiene un efecto positivo en nosotros, primero porque nos colocamos en una postura de aceptación de la realidad -el malestar que nos lleva hasta ahí-, segundo porque es un dialogo interno en el que nos hacemos responsables de nosotros mismos, y tercero porque el afecto incondicional es tan importante como el oxígeno o los alimentos, y si ese afecto/caricias no lo encontramos fuera, o no las percibimos como tales, podemos dárnoslo nosotros mismos. Así, de la misma forma, también podemos elaborar permisos y liberar lo que nos llega hasta el presente como una dificultad.


Pensar de forma positiva respecto a los frutos que deseamos ha de ser coherente con lo que habita en nuestro interior; esa es la forma en la que nuestra mente crea y la palabra y el pensamiento cobran fuerza para conseguir nuestros objetivos. Es nuestra vida, es nuestra responsabilidad, y si no nos gusta algo, en vez de ignorarlo o esforzarnos en dejarlo atrás, podemos utilizar fórmulas como: “Aunque no me gusta que ... (esto está pasando) lo acepto, porque así es”. Y cuando logramos que esa aceptación sea sincera tenemos la oportunidad de poder superar el obstáculo.

                                     

                                                                     Gloria Allegue.

Terapeuta

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